viernes, 24 de agosto de 2007

Musa que en letras se desvanece

Y allí estaba él, sentado frente a la pantalla con los ojos fijos en las teclas y las manos sujetándole la cabeza.
Veintisiete. Veintisiete letras de la A a la Z. Las contó mientras las observaba una a una preguntándose qué ocultaba cada una de ellas. Ciertamente, pensaba, aquellas letras debían guardar un tesoro que sólo sería descubierto si las escribían en la combinación correcta.
Levantó la cabeza de sus manos y las dejó caer sobre el teclado muy suavemente, como si fuera a tocar el tesoro que buscaba. Se irguió, reposó su espalda y respiró profundo, dejando escapar el aire de sus pulmones lentamente.
Acariciaba con las yemas de sus dedos todas y cada una de las teclas tratando de intuir la clave que le llevara al tesoro. Cerró los ojos...la madrugada llenaba el silencio, la ventana entreabierta dejaba entrar el olor a tierra recién mojada que había dejado la última lluvia... olía a los bosques de su tierra, a sus montañas... olía a mar y a sal. Poco a poco el silencio se fué llenando de un débil repiqueteo que apenas se escuchaba. A medida que pasaban los minutos, los dedos aumentaban su agilidad y las letras producían un sonido más y más contundente, cada paso era más firme que el anterior.
Su cabeza bullía en un mar de ideas, de combinaciones posibles para enlazar sus letras. Me recordó a la espuma que hacen las olas al romper en la orilla, burbujeante, impaciente por bañar la arena, por llegar a su destino, y una vez conseguido regresar de nuevo al mar convertida en simple agua, esperando a que el viento vuelva a convertirla en espuma. Así era él. La Inspiración debía ser quien le convirtiera en espuma y elevarlo hasta conseguir las letras que añoraba escribir, y una vez conseguido, descender y descansar el genio que llevaba dentro, hasta que de nuevo un guiño de la Musa le hiciera burbujear otra vez.
Amanecía. Por su ventana se colaron los primeros rayos del sol. Su obra estaba casi culminada, pero el viento se paró y con él su inspiración. Silencio de nuevo. Le faltaba asestar el golpe final para abrir el candado del cofre del tesoro. Se angustió, el desánimo se apoderó de él. Se levantó de la silla agotado... vagó por la casa arrastrando los pies y rascándose la cabeza buscando una señal, buscando la llave... tenía que acabar, tenía que llegar hasta el final. Sabía que podía, que era capaz de enfrentarse a sus miedos y vencerlos.
De repente una punzada surgió de la nada y lo hizo estremecerse... Lo supo. Miró hacia el teclado y sonrió, y lo hizo con una sonrisa tan abierta que apenas cabía en su gesto. Tranquilo, sereno, seguro de si mismo, volvió a sentarse y escribió.
Cuando puso el último punto, el punto y final de su historia, las teclas empezaron a desprenderse de su base y flotaron... se elevaban en el aire, lo rodeaban... Pablito las miraba entre satisfecho y desconcertado. Lo había conseguido, había llegado a la clave que le hacía poseedor del tesoro, un tesoro que sólo él conocía y que guardaría en su interior para sacarlo sólo a través de sus letras.

A la mañana siguiente despertó, tarde, como de costumbre, pero tenía una sensación extraña. Tumbado aún en su cama intentó recordar y un sueño vino a su cabeza. Aquella noche había soñado que escribía y que las teclas volaban. Se rió de sí mismo... "me estoy volviendo loco"... Pero al levantarse y conectar la pantalla de su pc lo vió. Era real.



*NdA: Con tu permiso, Pablito, te hago protagonista de este post. La causa de que no tenga título es porque espero que lo pongas tu. [Pablito ha titulado. Perfect, no hubiera encontrado un título mejor]